Él vino.

Él vino y estuvo.

Eran casi las 12:00.

De lejos no daba demasiadas pistas.

Que no nos conociéramos hizo más fácil poder hacerse preguntas sobre él.Una etiqueta de liso braille.

Tampoco me conocía a mí. Esperaba.

Preguntas.Intenté racionalizar menos y sentir más. Centrarme en aquello que pudiera darme pistas sobre la historia que explicaba en sus silencios.Conocer.

Sus notas primarias.

Esencia.De donde venía, su microclima,  barrio, su gentes, familia, raices, suelo donde caminaban los suyos, su tiempo y edad. Su raza. La de verdad, la de su alma.

Esencia y paciencia.

Notas de adonde iba. Sudoración atávica que se guarda clandestina. Tatuajes de donde eres, estés donde estés. Fructosa y málico y tartárico , nidos escondidos debajo de las capas de la piel.Esperando. Tierra. Verdad.

Se giró. Buscaba encontrarme , o no, pero se giraba.

Secundarios. Cultura.Enseñanza.Aprender.

A medida que pretendía conocerlo, copa parada/ ojos cerrados/mente abierta, inventaba la historia que lo llevó a iniciar su camino. Su educación, sus referentes, el viaje desde el “no se” al “voy siendo”. Levaduras de información, fases tranquilas y exponenciales de cerebrisae´s, sacharomyces inquietas que embriagan y dan el grado que iluminaba sus ojos. Quién y donde?

Su matiz.

Su tono.

Consultaba de forma insistente su teléfono como buscando empezar a responder las preguntas que me había prometido evitar. Terciarios. Conversaciones y microoxigenación social. Su diálogo con el mundo. Con los demás. Lignina y Quercus con sabor a Europa.Remontadas.

Le saludé y enseguida se acercó a mi encuentro.

Nuevos primarios. Su mirada transparente, la mano firme en el saludo y esa pigmentación de borrasca de polifenoles que indicaba caracter y edad.

Respondí al saludo, dos movimientos acompasados, un giro de copa.

Oxígenación.

Conversación. Vidas.