Entre Vinos y Amigos

Entre vinos y amigos


…Mi idea exacta de cómo disfrutar: Ser y Conocer. Saber y querer saber. Un ejemplo de mis amigos de www.entrevinosyamigos.com: El talento y energía de Ramon, la prosa de Jesús, la magia del slow food…y feed…

(Un ejemplo de lo que encontramos en el blog)

Las coplas de maese Alonso.

Unos apuntes, leve y marginalmente esbozados, del maestro Néstor Luján, me pusieron sobre la pista de uno de esos curiosos escritores menores que preconizaron y salpicaron los prolegómenos de nuestro Siglo de Oro: Maese Alonso de Toro.

La prosaica y devota temática literaria del iluminado y presunto fraile, versa sobre la mística de la fe católica, amén de otras aplicaciones igualmente “entretenidas” y pertinentes. No es su obra, precisamente, materia de gratificante lectura, ni de amable y plácida digestión.

Acude, sin embargo, nuestro renqueante literato,-era muy cojo-, al desarrollo de otra faceta más trivial, pero a todas luces más lisonjera y mundana: ¡¡convertirse en rapsoda culto y ocurrente!!

Componía, nuestro Maese Alonso, en impagables y tonantes pareados, macabras y truculentas historias de crímenes para romances de ciego. Estos, se divulgaban luego, en forma de monocordes cantinelas acompasadas por la vihuela, en fiestas, romerías, ferias y mercados.

Los glaucos y desnortados ojos de los ciegos que relataban la casquería trágica de los romances, espantaban y horrorizaban al tiempo a tan cachazuda como ignorante y crédula audiencia.

Imaginamos que, por el párvulo rendimiento de tan flaca como viajera industria; nuestro atribulado personaje, diera en dedicarse a la composición de otras cosas, tales cómo las coplas, canciones y letrillas. Conocieron éstas, mucho más éxito y reconocimiento popular, pero en lo crematístico,-no existía la SGAE-, corrieron también magra y peregrina suerte.

Una de sus coplas, oportunamente dedicada a la abundancia y calidad del vino en la España del Siglo XVI, es la que ahora nos interesa.

Sitúa, Maese Alonso, su bacante copla en los postreros años del primer tercio del citado siglo. Concretamente en 1533. Hablamos de los tiempos triunfales del emperador Carlos.

Consiste la rapsodia en cuestión, en una sesuda y atinada retahila de afamadas localidades y territorios, debida sobre todo, a la generosidad y opulencia gentil de sus vinos.

Debió ser, nuestro renco Maese Alonso, un trotero de mucho cuidado o un geógrafo notable, pues conoció toda suerte de caldos de las tierras hispanas y aún portuguesas. Fue, por así decirlo, un adelantado y precoz vocero de la actual guía Peñín, sólo que con casi quinientos años de antelación.

Como seria prolijo el recitado de todas las localidades que aparecen en las coplas, rescato, por su interés sentimental para el cronista, aquella que focaliza los pueblos y villas que de alguna manera, generan el presente artículo.

En Manzanares, Daimiel,

y la Membrilla y la Solana

y todo el campo de Montiel

mucho vino dan por él

en Valdepeñas y el Moral,

vino tinto, angelical,

más suave que la miel.

Que las gentes de Oretania fueron consumados y espléndidos bebedores de “cerevesium” nos lo documentan rigurosamente, Estrabón, Diodoro y Plinio… y que los del Ager Laminitanum, -Alhambra, La Solana, Infantes, Alcubillas, El Cristo y la Membrilla- se llevaban la palma, es opinión que sostengo, por evidentes y contrastadas pruebas. Sobretodo las muestras relativas a su atavismo genético, ancestral.

Fue el vino oretano una sólida y estimulada aportación foránea, con marcado carácter clasista, patricio y filo-romano. Con relativa certeza, creemos que debieron ser los todopoderosos y ya empadronados, Licinios, -gentes de Vespasiano-, de Laminium, Oretum o Salika, los que preconizaron e introdujeron el cultivo del “coccolobin”; el primer varietal de vinífera del que Varrón primero y más tarde Columela nos documentan y asesoran. Se trataría, por así decirlo, al principio, de un producto para ricos y de minorías. Quedó el “cerevesium” para la gente menestral y también para los nostálgicos de un iberismo terco y recalcitrante.

Los regalados pro-romanos y sus acólitos, producían, amelaban, especiaban y después…aguaban!! el vino de sus “cella vinae”, procedente de sus “domus rustica”, villas y “fundis”. Después potenciaron y extendieron su consumo, aprendido en la Bética y la Tarraconense, por todo el territorio oretano.

No fueron los godos, por lo general, gentes cultas ni amantes del vino. Tenemos documentadas reseñas que versan sobre sus hábitos gastronómicos; bastante bordes y harto cerveceriles, maridados, eso sí, con pringosos y rancios comistrajos. Sabemos que tampoco hicieron ascos a los vicios báquicos de las hispano-romanas, que voluptuosas en su molicie, les ofertaban su amable aliño indumentario.

Los musulmanes, que no árabes, trabajaron poco la viña y el vino de Oretania. Fueron tolerantes y acomodaticios con las fervorosas costumbres enófilas de los afincados y nativos. Se dedicaron con entusiasmo a cambiar iglesias y basílicas por mezquitas y de paso, el nombre tradicional del territorio y también el de sus pueblos.

Con la reconquista cristiana de Oretania, -y la presencia en ella de caballeros aragoneses, navarros, francos y borgoñones- resucita con nuevos brios y vidueños, la consentida y aletargada industria vitícola del por entonces recién bautizado Campo de Montiel.

Ya conocemos el magistral recorrido cantado por Maese Alonso del tiempo de los Austrias.

Los Borbones, con Felipe V a la cabeza, fueron entusiastas aficionados al “rouge” gabacho. Trajeron de sus feudos de Anjou y Poitou sus más apreciados varietales y los aclimataron en Valdepeñas. Años más tarde, Carlos III, hizo lo propio con los vidueños alemanes, napolitanos y sardos.

El ciclópeo descalabro que ocasionó la filoxera en 1910, truncó el orientado y plácido rumbo de los vinos del Campo de Montiel. Una infeliz elección de varietales en sustitución de los antiguo, una mostrenca técnica elaboradora y una cerril y poco atinada política comercial; nos ha conducido al marasmo pantanoso en que nos encontramos…
Necesitamos, como hace quinientos años, otro gentil Alonso de Toro que de nuevo cante las bondades que anidan en nuestros caldos y de paso, alegre y disipe la angustia y zozobra por lo que se avecina!

Jesús Velacoracho

14 de noviembre 2010